Son las cuatro y la mañana no asoma por mi ventana,
la noche no se ha dormido todavía me acompañan
los ridículos sonidos de una fiesta que forzada
me trajo todos lo muertos. Se sentaron a la mesa
y los vivos se quedaron mirándolos a las caras
o disimulando lejos que no estaban, que no eran,
que no fueron ni quisieron ser esa parte de nada.
Me trajo felicidades ver la vida que se asoma
aunque me diga en la forma “¿para que?¿ para que fin
viene a la vida una cosa que no sabe lo que es
hasta que luego comprende cuando comienza a entender
que bruta vida le toca: tratar de enhebrar el hilo
que a prolijitas puntadas le coserá la trastienda
mientras ilusa pretenda que lo que vive es así
porque a fuerza de reñir ha hecho lo que ha querido
y en realidad ha conseguido tan solo, sobrevivir.
Uno ha hecho lazos de vida,
porque de eso se trata esto lo del existir,
que trasciende aunque se niegue, que deja rastros de esencia,
que los gestos se le copian como si los gestos fueran
baluartes de un buen sentir.
Que corre la sangre vieja en venas nuevas abiertas,
listas, plenas y completas para mejor recibir
la tradición que le viene desde los tiempos lejanos
en que cada hombre es hombre y cada forma un sentir
Son las cuatro y la mañana no asoma por mi ventana,
más vale que se asomara para dejarme creer
que un nuevo día comienza y que por ende la vida
me ofrecerá la porfía de no dejarle en desdén
la difícil trayectoria de un día que aunque de tantos
se me ocurre que en quebrantos, debo presentarle lid.
Son las cuatro, ya no son, son cerca ya de las cinco
me va a encontrar la mañana tratando de comprender
que putas razones tiene la vida para intentar
convencerme que la tengo para cuidarla y quererla
si no me sabe decir cual razón es valedera para querer subsistir.